Comienzo

Unos animales se mataban a otros. Yo me dormía. Parecía la eternidad (en mí menor, por supuesto).

El sol radiante dejaba atrás el Desertus. El azul radiante dejaba atrás la Antártida. Nosotros los hijos de los hijos e hijas del infierno, de los hijos e hijas de la gran puta, hemos sobrevivido. Entre matorrales de Maquiavelo y de David Hume.

Somos los eunucos de la Ataraxia. El paraíso es escuchar, el miedo es un ladrón al que no guardo rencor, y el dolor es un ensayo de la muerte.

Hoy explicamos la moral de Nicómaco como nunca. Y he empezado esto, como profecía autocumplida de una soledad que ha de ser libertad. He matado a una araña cuyo cadáver acaba de desaparecer. Y las paredes, a estas horas de la noche, continúan con el azul claro del cielo de la comarca junto al que he paseado a la mañana.

Vale.