Píndaro, y Borges, y las cañas, y Píndara

Recompones, de aquí y allá, tal o cual fragmento. Una pierna, un pie, una rodilla o dos (aunque, si son las dos, por supuesto se encontraban en confines cardinales diferentes); piel, dientes, el zumo de naranja de una perversión o ensueño; un páncreas (sobre todo un páncreas), y en especial la sudoración. Entre otros enseres. -Borges, desde luego, lo registraría mejor, claro está; acordarme de él no implica que lo ponga en duda, ¡faltaría más, oh dio!-.

La pasión... La tentación... Otro dato más de la conciencia (y no fundamental, solo "otro"; pero sí digno de notario, sí digno de mención y antología).

Sales de la trinchera, y recoges del suelo (pacientemente, por lo demás, y sin ansiedad ni agitación) los fragmentos, unos catorce meses después. Los recoges tú mismo, y los recoges del suelo. Nadie lo va a hacer por ti, nadie lo debe hacer por ti. 

Recuperas tu pasado. "¡Llega a ser lo que eres!", llega a ser lo que eras.

Y entonces, deja de hacer frío, y tu rostro vuelve un poco a su sitio.